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JAPON: Las Pymes EN UN PAIS QUE ¿CAMBIA?
Lo más divulgado de la retracción japonesa de la década pasada es la crisis económica, famosa por la expresión: estallido de la burbuja financiera. Es un período de bajo crecimiento con estancamiento del consumo y las inversiones, que contrasta con la performance que Japón venía experimentando desde mediados de los años 60, y con la fuerte expansión de la economía norteamericana de los 90.
En cambio, la crisis política y de los valores culturales hacen a una mirada menos divulgada de la situación del Japón contemporáneo. Nakanishi Terumasa plantea que el declive cultural de la civilización de posguerra llevó a un desmoronamiento del sistema educativo y al relajamiento de las normas sociales, y propone que la decadencia de los 90 era inevitable más allá de la crisis financiera. Alude a que el crecimiento material de la sociedad japonesa desequilibró el núcleo tradición-cultura, tantas veces señalado como una cuestión clave de su organización y progreso social.
Desde el punto de vista de los factores del crecimiento, habría un retraso de las reformas estructurales necesarias para enfrentar con éxito las nuevas condiciones de la competencia internacional. Por un lado, la fuerte industrialización y el despegue de las economías asiáticas, perjudicó la performance exportadora de Japón. Los países de su entorno, Hong Kong, Singapur, Corea del Sur y Taiwán, que iniciaron en los 80 su entrada en el campo de la tecnología y la industria pesada con una estrategia exportadora, se hicieron fuertes en muchos de los mercados en los que Japón se movía de manera solitaria.
Por otra parte, el estilo económico japonés de las grandes corporaciones y las redes de empresas organizadas a su alrededor, uno de los pilares de su expansión, no estimula el surgimiento de pequeñas y medianas empresas proclives al riesgo, de gran dinamismo innovador y capaces de competir por su flexibilidad con empresas de mayor tamaño. Ese es el tipo de empresa que hoy protagoniza la nueva economía, que a través del avance vertiginoso de la tecnología de la información y de las telecomunicaciones (IT), sumadas a Internet, ofrecen nuevas soluciones a los viejos problemas del consumo, la inversión y la producción. En este campo, mientras que en los EUA proliferan estas nuevas empresas flexibles y de mediana envergadura que inauguraron el auge comercial de Internet, en Japón las empresas enfrentan los problemas de la vieja economía: sobrecapacidad de producción, reducción del ritmo de renovación tecnológico, problemas financieros y de endeudamiento y problemas de empleo.
Con los viejos problemas a cuestas, Japón debe entonces encarar profundas transformaciones institucionales para dar el salto a estos desafíos, orientando los valores más tradicionales de su cultura hacia la búsqueda de una flexibilidad y dinamismo social adecuado a los tiempos de la globalización.
La política actual hacia las PyMEs se orienta a dar cabida, en el futuro, a una nueva generación de empresas pequeñas y medianas con mayor autonomía en cuanto a su capacidad de innovación e incorporación a las nuevas tendencias. Pero esos cambios requieren reformas más integrales, como por ejemplo, en el sistema educativo. La clase política japonesa es consciente de que el calibre de estas transformaciones implica fuertes liderazgos. Sin embargo, las alianzas políticas que se fueron sucediendo en la década, no lograron el consenso apropiado.
Aspectos macroeconómicos
En términos reales el PBN japonés se incrementó 2,6 veces
de 1965 a 1980 y 1,6 veces de 1980 a 1995. En los 60, la economía creció
10,1%; en los 70, 4,4% y 4,0% en los 80. En los 90 (entre 1991 y 1999) la economía
se contrajo en promedio un 1%.
En el boom, Japón obtenía excedentes promedio de u$s 80.000 millones por año. El yen se revalorizó con respecto al dólar entre 1975 y 1990 en 2,3 veces. Los grandes excedentes comerciales, las elevadas tasas de ahorro, las constantes revalorizaciones del yen con respecto al dólar y la gran cantidad de reservas acumuladas habían dado a Japón una enorme capacidad como inversionista mundial.
El primer ciclo de la depresión japonesa se inicia con la caída de los créditos a las empresas, a raíz de la crisis del sector financiero (burbuja del primer quinquenio de los 90). El sector financiero había acumulado una gran cantidad de créditos incobrables y fuertes desbalances en la relación capital-activos, que limitó su capacidad de conceder nuevos préstamos. Esto explica la brusca caída de la inversión, la crisis comercial y el aumento progresivo de la incertidumbre laboral. Todo ello desembocó naturalmente en una caída de la demanda y con ella de las expectativas de rentabilidad empresaria.
No se trata de una deflación promovida por un aumento de la productividad (disminución de los precios y los costos impulsada por los avances tecnológicos) que puede redundar en un incremento de los ingresos reales y, por tanto, de la capacidad de gasto. En el caso de Japón se trató de un proceso de retracción pronunciada de la demanda, un exceso de capacidad instalada y una contracción de la oferta monetaria, que dio lugar a un proceso de baja de precios retroalimentada. La recesión en el sector privado, con reducción de horas extras y planteles, elevó la incertidumbre en relación a mantener los puestos de trabajo, lo que incrementó el ahorro a expensas del gasto: los consumidores ahorran una gran porción de sus ingresos y las empresas no aumentan en la medida necesaria la inversión para incentivar la demanda.
Los lineamientos del cambio para las PyMEs
La política actual se propone ayudar a las PyMEs para adaptarlas a las nuevas formas de competencia en los mercados y la nueva relación entre firmas. Los cambios macroeconómicos y la globalización transformaron el ambiente económico japonés y es necesario que las PyMEs se adecuen a este esquema (Doc. MITI-Junio 2000). Los nuevos instrumentos se volcaron a incentivar a las PyMEs para innovar, entrenar a los managers con tecnología de avanzada, y permitir el acceso al capital de riesgo. Los objetivos y algunas formas de alcanzarlos son:
Conclusiones
Durante el boom de los 70 el éxito económico de Japón se asociaba a los valores culturales de su pueblo. Entonces se resaltaban la sincronización, el compromiso y el trabajo en equipo. De la misma manera positiva, se aludía al carácter sinérgico de los conglomerados PyMEs alrededor de los grandes grupos corporativos de empresas industriales y bancos.
Hoy, en la crisis, hay una reinterpretación de estos valores culturales y organizacionales, otrora virtuosos, que exalta la falta de flexibilidad, la lentitud y la ausencia del espíritu capitalista, tan presente en las empresas norteamericanas. Es claro que la crisis demanda cambios culturales, pero éstos son lentos, y no deben ser sobredimensionados. Para remover los elementos que más atentan contra la competitividad dentro de la cultura y adaptarla a las nuevas necesidades que exige el cambio tecnológico, la política debe hacer su aporte. Justamente por eso el proceso es complejo.
La crisis económica obligó a Japón a tomar decisiones. Antes que nada debe decirse que lo hizo tarde, cuando ya el estancamiento estaba instalado. Además y tal vez por ese motivo, lo hizo en medio de la fuerte presión del debate internacional acerca de lo que debían hacer y con su principal competidor, los EE.UU., en pleno auge económico e ideológico. A pesar de eso, se tomaron varias medidas que pueden interpretarse de la siguiente manera:
l. Ninguna acción fue extrema. Se trató de incentivar un cambio gradual. Hay una clara tendencia a entender los problemas macro como consecuencia de cuellos de botella microeconómicos.
2. Se generó una serie de mecanismos para incorporar decisiones de riesgo y políticas innovativas en la vida de las organizaciones públicas y privadas. Hay un reconocimiento de que los resultados se verán en el largo plazo.
3. Se desreguló en parte el sistema financiero de modo de dejar librados a los bancos a sus propias estrategias, con una política monetaria que no se podría considerar ni excesivamente laxa ni completamente rígida. Las entidades respondieron con precaución.
4. Se desestimó la desregulación del mercado laboral como solución a la rigidez existente. Las políticas tienden a dotar a los trabajadores de nuevas capacidades y de incentivar de a poco nuevas relaciones productivas en PyMEs y cooperativas.
5. Hay una estrategia de largo plazo que trata de generar mediante la reforma política y educativa, las bases de una sociedad más dinámica. Es evidente que está en juego la ruptura con los mecanismos más conservadores de la cultura y la política, pero tratando de no perder las características propias, y principalmente sin ceder a las presiones. Se busca además un sistema político más estable y una educación más creativa. Las alianzas permitieron avanzar con una parte importante de los cambios legales necesarios, pero no son lo suficientemente estables como para que éstos se profundicen.
Las políticas pueden considerarse tibias, si nos atenemos a que los resultados son buenos pero módicos. No sabemos qué hubiese sucedido si los cambios hubiesen sido más violentos. Para muchos especialistas, la ruptura del modelo tradicional hubiese producido una desarticulación difícil de reparar, tal vez hubiesen tenido un auge en el corto plazo y el sucesivo resurgimiento de los viejos problemas, presentes en las estructuras institucionales. Tal vez eso explique el gradualismo instrumentado. También esto explica las dificultades para estabilizar acuerdos: es decir, la importancia de las medidas a tomar requieren de un juego político que es lógico que no se resuelva en el corto plazo, mediante una alianza basada en un poder efímero y circunstancial. Esto en Japón no sucedió nunca y difícilmente sucederá ahora. Desde este punto de vista, en el marco de un cambio estratégico, crecer al 2% no es poco.
Más allá de la circunstancia fatal que envuelve el desenlace político de estos últimos tres años, lo cierto es que la lentitud de algunas reformas, pone de manifiesto la dificultad -normal- de llevar adelante cambios estructurales. En lo sucesivo, para el análisis de las reformas más profundas habrá que seguir, como siempre, a la política.